La mayor parte de los quesos se crean para ser degustados como tales, pero es innegable su valor culinario. Así, una simple ensalada a la que se agregan algunos trocitos de queso fresco adquiere una categoría de gran plato. También las sopas pueden enriquecerse añadiendo un poco de queso rallado, pero eso sí, siempre al final de la cocción.